by

Iberus: tarde sangrienta en Cannas

No comments yet

Categories: Iberus: tarde sangrienta en Cannas, Tags: , , , ,

CcjrLYiWEAIEZoJ

El destino del Mediterráneo puede decidirse en una llanura cerca de Cannas, en la región de Apulia. Tras realizar la proeza de atravesar los Alpes y lograr contundentes victorias en el río Trebia y en el lago Trasimeno, Aníbal avanza de forma imparable por la península itálica al mando de un ejército mercenario en el que el contingente íbero tiene un peso específico.

El Senado romano ha enviado un ejército de proporciones descomunales para acabar con la amenaza de manera definitiva. Las tropas se encuentran bajo el mando de los cónsules de ese año, Emilio Paulo y Terencio Varrón.

Entre las filas cartaginesas hay un reducido contingente de íberos sedetanos procedentes de una pequeña población situada en el curso medio del Ebro, cerca de Salduie (Zaragoza). Dirigidos por el sensato e inteligente Terkinos, hijo mayor del jefe de su aldea, y su indómito y joven hermano, Abiner, se enfrentarán a las legiones de Roma en una de las mayores batallas de la Antigüedad.

http://www.historiareimilitaris.com/etienda/libros/124-iberus-9788494476846.html

by

Un último vals

No comments yet

Categories: Relatos Breves, Tags: , , , ,

verdunvals

Dormitaba en un rincón de la inmunda trinchera, excavada a toda prisa cerca del abrigo de Bezonvaux. Trataba de cubrirse con una manta y, sobre ella, había colocado su capote. A pesar de todo, el frío lograba entrar en su humilde refugio y clavarse en su cuerpo como un cuchillo de hielo. Copos de nieve dispersos caían suavemente sobre el campo de batalla. De cuando en cuando, se oía el estruendo seco de una explosión o el tableteo de una ametralladora rompía el silencio.

Se despertó sobresaltado cuando un proyectil cayó tan cerca que el suelo tembló. El sonido fue tan intenso que, después, un molesto pitido se negó a abandonar sus oídos. Se puso en pie. Notaba su cabeza cargada, tras varios días sin apenas dormir, soportando los bombardeos alemanes y con unas raciones que escaseaban. Sardinas enlatadas y pan duro componían el menú que repetían una y otra vez. Le llamó la atención ver que varios soldados se asomaban por encima del parapeto con curiosidad, de modo que se acercó a ellos. Dudó, temeroso de que un tirador germano le volara la cabeza, pero finalmente, se atrevió a mirar.

Un capitán de infantería francés permanecía erguido, cabizbajo, completamente quieto, en tierra de nadie. No llevaba casco ni gorra. Su revólver permanecía en la funda. Los bajos de su abrigo estaban llenos de barro. Todos le miraban con incredulidad, incluso los alemanes, puesto que nadie le disparó. El oficial alzó la cabeza con gesto orgulloso. Dispuso sus brazos como si estuviera sujetando a una mujer y comenzó a bailar.

Se movía con elegancia, con seguridad, como si se encontrara en el gran salón de algún palacio ricamente decorado. Sus botas se movían con agilidad sobre el manto de nieve que lo cubría todo. Ignorando los cadáveres y los cráteres de las explosiones, el capitán bailaba un vals al son de una orquesta invisible. Lo hacía con tal pasión y entrega que de las líneas alemanas surgió una melodía, tarareada por un soldado anónimo, que fue pronto seguida por muchos otros.

En una imagen imposible, como si aquel hombre estuviera a kilómetros de allí, los copos de nieve que caían parecían hacer las veces de las lámparas de araña de un alto techo. Algunos infantes franceses se animaron también a canturrear esa conocida melodía, contribuyendo a que el capitán se extasiara todavía más. Como guiado por fuerzas protectoras, evitó con sencillez todos los obstáculos que le rodeaban. Y siguió bailando.

by

La masacre

No comments yet

Categories: Relatos Breves, Tags: , , , , ,

3606622.jpg--644x362 (1)

Fermín estaba destrozado tanto física como mentalmente. Tenía tanta sed que habría sido capaz de beber veneno con tal de calmarla. Sentía su lengua como si hubiera una zarza seca en su boca. El sol era implacable. El olor de los cadáveres en descomposición hacía que el aire fuera espeso y dulzón. Incapaz de cargar con el fusil, se veía en cambio obligado a cargar con Lorenzo, su amigo y compañero de fatigas. Su amigo no iba a sobrevivir. Era imposible que consiguiera llegar hasta Melilla, puesto que ya ni siquiera podía caminar y apenas balbuceaba algunas palabras en voz baja.

Se conocían desde que eran niños, allí, en ese pequeño y lejano pueblo de Teruel. Los recuerdos de su infancia parecían provenir de otra vida y eran oscuros, débiles. Apenas podían ya recordar el nombre de su pueblo de procedencia. No olvidaban, sin embargo, el miedo. Los rifeños, con sus largas chilabas y sus fusiles en las manos, daban órdenes a gritos, con el poder que otorga la victoria. Una larga hilera de soldados españoles derrotados, heridos, hambrientos y desesperados recorría con paso triste la cuesta que descendía desde Monte Arruit.

Con lágrimas en los ojos, Fermín musitaba palabras de ánimo a su compañero, al tiempo que le recordaba lo feliz que sería cuando se casara con su novia. Le decía que pronto estarían en casa y que olvidarían para siempre aquel lugar cruel y la guerra que les había arrancado de sus hogares. Lorenzo, en un breve momento de lucidez, sonrió y apretó la mano de su amigo con todas las fuerzas que le quedaban.

Se escucharon disparos muy cerca de donde se encontraban. Con los ojos muy abiertos, aterrado, Fermín vio que los rifeños se asomaban por encima de un muro que recorría la cuesta y disparaban sobre ellos. No se había respetado la rendición. Agarró con fuerza a su amigo y trató de caminar más deprisa, de alejarse de la matanza que se estaba llevando a cabo. Cada paso era una tortura y Lorenzo se había desmayado, por lo que era un peso muerto del que había que tirar.

Un golpe en el muslo derecho le hizo caer de rodillas. El impacto había sido tan brutal que no era dolor lo que sentía, sino una absoluta incapacidad de mover la pierna, que parecía dormida. Gritó con rabia al tiempo que se esforzaba por erguirse tirando de Lorenzo, que seguía sin reaccionar.

El tiroteo se intensificaba, y la hilera de soldados desarmados se descomponía al tiempo que cada uno de ellos trataba de escapar de la muerte. Algunos trataban de volver al fuerte, mientras otros corrían sin dirección presas del pánico. Fermín tiraba de su compañero lo más deprisa que podía. Escuchaba las balas que silbaban a su alrededor. Sintió, de pronto, que podía percibir hasta el último detalle de aquel lugar. Era capaz de percibir todos los sonidos, todos los movimientos, todos los colores. El tiempo parecía haberse detenido. Lorenzo caía poco a poco al suelo, sin nadie que le sostuviera.

Nunca antes Fermín había sido capaz de percibir el mundo de esa manera. Se sentía poderoso, indestructible. No entendía que sus movimientos eran tan torpes y lentos como los del mundo que le rodeaba. Mientras su mente se perdía en ideas abstractas, ocultando el daño real y el dolor, cuatro balas atravesaban el cuerpo de Fermín, que caía al suelo sin fuerzas. Lorenzo agonizaba ya sobre un charco de sangre. Apenas consciente, ajeno a la realidad, Fermín caía al suelo. Trató de abrir la boca para llamar a su amigo, pero sus palabras se perdieron en el aire, destinadas a un oído que ya no las escuchaba. Silbaban las balas y morían los soldados.

Al tiempo que la muerte le reclamaba, cada vez con más intensidad, Fermín apoyó su mano en el hombro de su amigo en un gesto inconsciente. Así los halló ella, cerca, tratando de ayudarse mutuamente como lo habían hecho desde que eran niños, en ese ya olvidado pueblo turolense. Y así fue como sus cuerpos se secaron al sol en la cuesta que descendía de Monte Arruit.

by

El corresponsal de guerra

No comments yet

Categories: Relatos Breves, Tags: , , , ,

Martyrs_Square_1982

Las balas pasaban silbando a su alrededor en todas las direcciones. Como si fuera una obra de teatro, una representación, él colocaba con calma el micrófono y apartaba los cables con el pie. Llevaba un chaleco antibalas, pero su cabeza estaba descubierta. No le gustaba que el casco le despeinara. Frente a él, a pocos metros siguiendo el cableado, estaba el operario de la cámara. Aterrado, el joven portaba todo el equipo de protección que había podido conseguir. Sus manos temblaban mientras hacía torpemente su trabajo y Eytan Atar se desesperaba y jugueteaba con su micro.

Se encontraban en medio de una calle de Beirut. A ambos lados, edificios dañados evidenciaban que la guerra era dueña de aquel lugar. Desde allí podía verse el mar, cuyos apacibles movimientos contrastaban con la lucha que se estaba librando en esa parte de la ciudad. Atar había pasado casi toda su carrera periodística cubriendo conflictos armados y, como si fuera inmune a las balas, caminaba por las zonas de combate con total naturalidad. No obstante, comprendía el terror de algunos de sus compañeros y, en especial, de su cámara, que probablemente estaba viviendo allí uno de los peores momentos de su vida.

Cuando un proyectil zumbó demasiado cerca de su oído, el veterano corresponsal giró la cabeza, molesto, y lanzó una severa mirada hacia las posiciones ocupadas por miembros de Hezbolá, como reprochándoles su poco cuidado al apretar el gatillo. Estaban ocultos por un muro de hormigón con orificios de diverso tamaño creadas por las explosiones. Las utilizaban como troneras por las que introducir sus armas. Los miembros de la milicia chií abrían fuego contra los soldados israelís que se guarecían en el lado opuesto de la calle, tras las ruinas de un edificio que, a duras penas, se mantenía en pie. Respondían a los disparos enemigos y trataban de contactar por radio con el apoyo blindado que ya debería haber aparecido.

Como de costumbre, varios habitantes de Beirut se asomaban a los balcones para ver los combates, igual que si de un espectáculo callejero se tratase. A aquellas alturas, nada podía ya sorprender a Atar, que lo había visto todo tras recorrer medio mundo en guerra. Miró con una sonrisa al cámara, que ya estaba enfocándole. Le hizo un gesto, pero no respondió. Estaba demasiado preocupado por los disparos como para concentrarse en su labor. Lo estuvo más cuando un cohete cruzó la calle y explotó contra el muro en el que se escondían los milicianos.

Eytan Atar se acercó a su compañero, le pasó un brazo por los hombros y le dijo palabras de ánimo, asegurándole que saldrían de allí en cuanto hubieran terminado, por lo que era imprescindible darse prisa y hacerlo bien. El joven, todavía temblando y tratando de esconder su cabeza entre los hombros, asentía a las palabras del veterano y comprendía, para su desgracia, que aquel hombre era capaz de dejarse matar allí antes que dejar su trabajo sin hacer. Maldijo su suerte, siempre rodeado de dementes. ¿En qué momento se dejó convencer para ir al Líbano a cubrir el conflicto? Debería haberse quedado en casa, grabando los partidos de fútbol de la liga, por mucho que estuviera peor pagado.

Atar era consciente de que su joven acompañante estaba pensando todas aquellas cosas y, sin duda, las pensaría peores sobre su persona. Le hacía a él responsable de la situación, cuando la realidad era que si querían que su esfuerzo sirviese para algo, debían exponerse mucho, a fin de lograr las mejores imágenes.

Mientras el cámara, ahora sí, empezaba a hacer lo que debía, él tuvo tiempo para pensar. Se escucharon los gritos de un oficial israelí que reclamaba ayuda a un sanitario para uno de sus hombres heridos. También eran fácilmente audibles los gritos de los combatientes libaneses que no dejaban de disparar sus armas.

El veterano corresponsal había visto morir a muchos compañeros, además de a combatientes y civiles de las nacionalidades más variadas. En cambio, él nunca había sido alcanzado ni había sufrido herida alguna en su larga trayectoria profesional. Tal vez su buena suerte terminara de golpe cualquier día, pero de momento se conservaba intacta. Por eso caminaba en mitad de un tiroteo como si una fuerza al rededor de su cuerpo impidiera que pudieran hacerle daño. Bajó la cabeza y sonrió al ser consciente de que debía de estar un poco loco para exponerse al peligro con aquella tranquilidad. Por mucho que así lo creyera, no era inmune.

El cámara le hizo una señal con sus dedos temblorosos y Eytan comenzó con la narración sin dejar de mirar a la cámara. No se detuvo ni cuando un proyectil de RPG lanzó por los aires el cuerpo de un soldado israelí a pocos metros de distancia. Una idea cruzó su mente con rapidez. Le asqueaba haberse acostumbrado a la guerra hasta tal punto que los horrores le resbalaban casi por completo.

El tiroteo fue haciéndose menos intenso justo cuando él terminó de hablar. Felicitó a su compañero por su trabajo y le ayudó a recoger el equipo, puesto que el temblor de las manos del joven, ya excesivo, hacía que le costase mucho realizar su labor de forma adecuada. Luego, con la misma calma con la que había llegado, se marchó en busca de otras imágenes y otras noticias que contar.

by

La batalla de Teruel

No comments yet

Categories: Relatos Breves, Tags: , , , , ,

Closing_in_on_trapped_Rebels_at_Teruel_-_Google_Art_Project

Era una mañana fría, tan fría como aquella de hacía medio siglo en la que, junto a sus compañeros, había ocupado una trinchera en Teruel. Fermín Castillo, tras bajar de su coche, se fundió en un fuerte abrazo con Gerardo, que era, junto con él, el único superviviente del grupo. No habían querido volver nunca a un lugar que, para ellos, significaba sufrimiento y muerte. Caminaron, recordando el pasado. Habían decidido ir solos, porque en realidad no sabían cómo iban a reaccionar, y para ellos no se trataba de una simple visita, sino de un viaje que buceaba en sus recuerdos más oscuros, en esos que habían tratado de olvidar durante toda su vida.

Pese a ser fin de semana, apenas había nadie por la calle. Ellos decidieron dar un paseo antes de acercarse al lugar en el que, en una estrecha y gélida trinchera, habían vivido la parte más intensa del combate. Pasaron por los principales lugares de interés de la ciudad aragonesa antes de detenerse en un bar para tomar una copa de vino. Al entrar al local, sintieron que el contraste de temperatura hacía que los escalofríos recorrieran sus espaldas. Fermín se frotó las manos para poder volver a sentirlas.

El vino templó sus cuerpos. La charla era más melancólica que alegre. Finalmente, cercano ya el mediodía, creyeron que era la hora apropiada para llevar a cabo lo que habían venido a hacer. Caminaron hasta el lugar en el que había estado su posición durante la guerra. Era ahora un solar lleno de escombros y hierbas descuidadas. Había restos de una gran hoguera, además de latas de cerveza y refrescos más o menos oxidadas. Al lado, una destartalada tapia de bloques de hormigón parecía indicar que el espacio vacío finalizaba allí. Pese a los grandes cambios que había sufrido el entorno, todavía era reconocible la silueta de la ciudad desde allí. Gerardo esperaba una escena así. O puede que el paso del tiempo le hubiera hecho creer que sus recuerdos eran parecidos al paisaje que desde allí podía observar.

Ambos cogieron unas cajas de madera y se sentaron. Fermín sacó del interior de su abrigo el mismo termo que utilizó en la guerra y, con cuidado, sirvió dos vasos. El café todavía estaba caliente y humeaba. Tomaron un sorbo en silencio, buceando entre los recuerdos que allí, en aquel preciso lugar, acudían de nuevo con fuerza. Sintieron, sin embargo, que la temperatura bajaba bruscamente. Sus miradas se cruzaron, extrañadas, al tiempo que agarraban con más fuerza las tazas calientes para caldear sus manos amoratadas por el frío.

Pese a ellos, decidieron permanecer allí y hablaron sobre las largas guardias que, resistiendo temperaturas extremadamente bajas, tuvieron que hacer sujetando sus fusiles. Todavía se acordaban de uno de sus compañeros que, estando allí de pie en una noche cerrada, vigilando, se quedó congelado. Lo encontraron a la mañana siguiente en su puesto, en pie, con las manos pegadas a su arma, una manta raída sobre los hombros y una mueca de frío y dolor en el rostro. Tuvieron que enterrarlo en la propia trinchera, cavando con sus palas un hoyo poco profundo en el que depositaron su cuerpo sin mayor ceremonia. Se preguntaron si todavía seguiría allí, reposando en el mismo sitio en el que había perdido la vida.

Como si de una respuesta se tratase, el cielo pareció oscurecerse y una niebla surgida de la nada envolvió a los dos ancianos. A su alrededor se alzó un impenetrable muro blanquecino que no permitía ver más allá de tres metros. Gerardo soltó su taza de café, que cayó al suelo con un sonido que retumbó entre aquellas paredes de niebla. Los dos hombres se pusieron de pie, inquietos. Todo aquello parecía demasiado extraño, no era normal.

Todos los sonidos parecían haber desaparecido, excepto los que ellos mismo generaban, que se escuchaban como si estuvieran en una habitación vacía. Miraron a su alrededor, pero era imposible ver nada. Un escalofrío les recorrió la espalda cuando, cerca de ellos, muy cerca, se escuchó con claridad la tos de un hombre. Era un sonido perfectamente distinguible y se mezclaba con otros que podría producir una persona que está sufriendo los efectos de un frío intenso.

Surgiendo de la nada, formada por la misma niebla que les rodeaba, una figura humana fue dibujándose a su lado. Ante las incrédulas y aterradas miradas de Fermín y Gerardo, la fantasmagórica aparición se fue haciendo más y más nítida. Estuvieron a punto de echar a correr y alejarse de aquel lugar en el que fuerzas ocultas se manifestaban, pero algún tipo de energía les retenía. Estaban paralizados, completamente incapaces de moverse. Dado que no tenían otra opción y que la curiosidad es siempre una fuerza poderosa, permanecieron allí, con los ojos muy abiertos y sin perder detalle.

Para su sorpresa, la silueta que ya era perfectamente clara era la del soldado que había muerto en su guardia. Parecía estar vivo, en los últimos minutos de su vida, aquella misma noche en la que murió de frío. Su raída manta, fácilmente reconocible, reposaba sobre sus hombros y en sus manos, con la culata apoyada en el suelo, el fusil que le servía como bastón en el que reposar un poco su postura. Gerardo y Fermín cruzaron miradas de miedo y sorpresa, esperando ambos una respuesta de su compañero que despejara todas las dudas e inquietudes que les atenazaban. Sin saber qué decir, con sus lenguas atrapadas en sus bocas, volvieron a mirar, con temblores en todo su cuerpo, el misterioso suceso.

La figura del compañero caído tiempo atrás se movía ligeramente, con los gestos que haría una persona que está sufriendo por llevar ya horas en la misma posición. Su tos era perfectamente audible y, a veces, suspiraba con resignación. Fermín dio un paso hacia ese fantasma, animado a conocer qué pasaba. Pronto se quedó completamente petrificado cuando el vigilante giró su cabeza y mostró un rostro desfigurado en el que brillaban unos ojos muertos que parecían amenazar a los dos ancianos. Podían sentir cómo la mirada les atravesaba junto a una sensación de horror tan intensa que nunca hubieran sido capaces de imaginar.

El fantasma abrió la boca desmesuradamente, mucho más de lo que un mortal habría podido hacer. De ella surgió una voz de ultratumba, muy grave y poderoso. Los dos ancianos creían que iban a desmayarse o, incluso, a morir allí. Esa voz taladraba sus cerebros hasta tal punto que tuvieron que taparse los oídos. Apretaron los dientes cuando un intenso dolor se hizo dueño de sus cabezas. El centinela se acercó a ellos y el frío se intensificó. Parecía que se iban a quedar congelados y la cara del espectro se volvió más y más aterradora y deforme.

De pronto, un fuerte viento se levantó a su alrededor y, en cuestión de segundos, se llevó la niebla e hizo desaparecer al fantasma, que mostró una mueca horrible que quedó grabada en la mente de los dos ancianos. Todavía temblorosos, escucharon el claxon de un coche tras de sí y se retiraron al ver que estaban en mitad de la calle. Todo volvía a parecer normal. Había gente caminando, el sol brillaba pálido en el cielo y el frío, intenso, no era tan gélido como antes. Se miraron preguntándose si lo que acababan de vivir era real o no. No pudieron saberlo, pero sin duda, el efecto en ellos, el terror, fue un recuerdo que les siguió el resto de sus vidas.

by

Tiradores senegaleses en la Gran Guerra

No comments yet

Categories: Relatos Breves, Tags: , , ,

800px-Le_fanion_du_43e_bataillon_de_tirailleurs_sénégalais_décoré_de_ka_fourragère

Assane Comba acababa de cumplir 20 años y nunca había salido de su casa. Había pasado toda su vida en una remota aldea del este de Senegal, junto a su familia y sus amigos. Era pastor de un pequeño rebaño de cabras y la única arma que había portado en sus manos en su hogar había sido una delgada vara de madera. Ahora sus manos estaban crispadas agarrando con fuerza un fusil.

            Recordaba el viaje en barco, un lejano día del que ya casi hacía un año. Para Assane había pasado toda una eternidad. El mar, aquella inmensidad inabarcable de agua, le sorprendió tanto que, desde que lo vio, no pudo dejar de pensar en otra cosa. No fue tan agradable el viaje en barco, un navío atestado de tropas y en el que buscar un buen sitio para descansar era una auténtica odisea. Además, los mareos hicieron que al llegar a Francia fuera un despojo del joven que había embarcado en Dakar.

            Las ciudades de la Francia metropolitana se mostraron a sus ojos como lugares impresionantes. Le habría gustado perderse en cualquiera de ellas para poder conocerla más a fondo, pero el frente les reclamaba de forma insistente. Se sintió frustrado cuando, al desfilar orgullosamente por una localidad camino de la primera línea, los civiles no les dieron el mismo trato cariñoso con el que habían vitoreado a las fuerzas metropolitanas, que habían cruzado por el mismo lugar poco antes que ellos. De todas formas, ya nada de eso importaba. Estaban a finales de octubre de 1916 y toda su vida y preocupaciones anteriores habían desaparecido, como el agua lo hace sobre la tierra seca y sedienta.

            El joven soldado trataba de hacerse un torniquete en su pierna derecha utilizando el cinturón de un compañero caído. Sus pantalones ocres estaban teñidos de oscura sangre. Una bala le había alcanzado mientras saltaba sobre la trinchera alemana en la que ahora se encontraba. Los proyectiles de artillería pasaban por encima de su cabeza con un aterrador zumbido e impactaban con rabia contra el fuerte de Douaumont, todavía en manos germanas. A su alrededor, casi todos sus compañeros estaban muertos o heridos. La compañía ya no tenía ninguna utilidad como fuerza de combate. Los enemigos, que habían sido los dueños de la posición por la mañana, yacían por todas partes. Nadie tenía miramientos con sus cadáveres.

            El capitán Delcourt daba órdenes a gritos. Quería que sus hombres fortificaran de inmediato la trinchera capturada, muy cercana al fuerte. Ellos ya no podían avanzar, no eran más que un puñado de soldados y casi todos estaban heridos de mayor o menor gravedad. Sin embargo, sí que podían defenderse. Estaba decidido a no retirarse bajo ningún concepto. Vociferaba, además, intentando que los demás no percibieran su propio miedo, pero el temblor de la mano con la que sujetaba el revólver lo mostraba de forma evidente. Consciente de ello, Delcourt movía la mano con gestos exagerados para disimular los temblores.

            Comba terminó, apretando los dientes, con el torniquete. Pese al intenso dolor, se sintió satisfecho al ver que había detener la hemorragia casi por completo. Se estremeció al escuchar la brutal explosión de un obús en los alrededores. En su pecho pudo sentir la energía descargada cuando hasta él llegó el golpe de la onda expansiva. Trozos de tierra, barro y piedras rebotaron contra su casco. Con horror, se fijó en un pedazo de carne que había caído del cielo. Otra explosión, más cercana, le obligó a encogerse y hundirse en el fondo de la tétrica trinchera.

            Años atrás, en su aldea, habría llorado amargamente la pérdida de un ser querido, pero allí, en Verdún, se había convertido en algo tan habitual que no se le podía dar una importancia excesiva. Con resignación, se fijó en el destrozado cadáver del sargento Abdoulaye N’Diaye, aquel hombre que había sido el líder espiritual de la compañía, casi un padre para todos ellos. Guerrero excepcional, N’Diaye yacía ahora con la cabeza partida por un fragmento de metralla. Assane se reconfortaba, en parte, pensando en que había caído con valor y que la sangre de sus enemigos regaba ahora el suelo. Al igual que la de muchos camaradas. Confiaba en que aquella masacre sirviera para algo.

            Mientras otra andanada de la artillería gala sobrevolaba sus cabezas, el joven tirador senegalés observó con curiosidad los restos de su compañía. Aquel ataque, pese a ser victorioso, había resultado desastroso para ellos. Muchos de los heridos morirían en las siguientes horas. El capitán Delcourt se asomaba con cuidado por encima del parapeto. Maldecía al tiempo que dirigía toda clase de maldiciones a los alemanes. La artillería ya no bombardeaba el fuerte, sino las posiciones enemigas que había detrás de él. Assane, observador como siempre, se dio cuenta de que el jefe de su compañía asomaba cada vez más la cabeza y murmuraba palabras en un tono que iba creciendo en intensidad. Parecía agitado y, de pronto, le miró y le sonrió. Dijo varias palabras atropelladamente, guardó el revólver y aplaudió frenéticamente, antes de pasar a dar una palmada a cada uno de sus soldados. Sorprendido, el joven se asomó al parapeto para comprender qué era lo que había desatado la euforia del capitán. Entonces comprendió. Una sonrisa iluminó su rostro y no pudo evitar que una lágrima de emoción asomara a sus ojos. Allí, sobre el fuerte de Douaumont, la bandera francesa ondeaba con orgullo. Lo habían conseguido.

by

La batalla de Iwo Jima

No comments yet

Categories: Relatos Breves, Tags: , , , ,

Flamethrower-iwo-jima-194502

Descansaban en una de las ondulaciones del terreno, sentados sobre sus cascos, cuyas fundas estaban ya raídas por el uso durante los intensos combates. El cielo estaba despejado y la noche era muy clara, con una enorme luna que brillaba con fuerza. Se veía perfectamente, lo cual tranquilizaba a los cuatro soldados que comían parte de sus raciones tras la agotadora jornada. Uno de ellos cogía puñados de tierra y los dejaba caer entre sus manos. No dejaba de resultarle curioso el color negro de aquella arena volcánica. Uno de sus compañeros perdió su mirada en el horizonte mientras masticaba la última porción de carne enlatada que se había llevado a la boca. Observaba la oscura e imponente silueta del monte Suribachi, que dominaba toda la isla de Iwo Jima.

            Conversaban en voz baja. Otros soldados ocupaban posiciones similares a la suya en las cercanías y desde donde estaban podían ver el amenazador cañón de una ametralladora estadounidense. Todo parecía en calma en el sector, pero los japoneses ya habían demostrado que podían surgir de la nada gracias a la compleja red de túneles que habían excavado. Se escuchaba a alguien tarareando suavemente una cancioncilla. Desde la lejanía llegaba el sonido de los tiroteos y, de cuando en cuando, alguna explosión.

            Uno de los infantes de marina suspiró. Estaba muy cansado y deseaba poder recostarse y dormir un rato para recuperar fuerzas, pero tenían que permanecer allí de guardia. Tiró la lata vacía que ababa de terminar y se puso el casco. Apoyó el fusil en la parte superior de la ondulación y dirigió la vista hacia el frente. Vio una lejana explosión que iluminaba en cielo. Luego creyó ver unas siluetas que, encorvadas, avanzaban velozmente en el irregular descampado. Enseguida desaparecieron. Avisó a sus compañeros y, los cuatro, se asomaron para mirar, pero no vieron nada. Todo seguía en completa calma. Hubo comentarios burlones sobre los nervios del soldado que había creído ver fantasmas allí donde no había más que sombras.

            Con resignación y cierta rabia, el centinela siguió atento a lo que sucedía, tratando de ignorar las chanzas de sus compañeros. Tamborileaba con sus dedos sobre la culata de su fusil y, otra vez, creyó ver movimiento a unos cincuenta metros de distancia. Abrió la boca, pero la cerró al instante al escuchar lo que decían los tres hombres que le acompañaban. Un reflejo de luz le hizo inquietarse. ¿Era aquel destello fugaz el filo de un sable japonés? Parecía haber ajetreo en uno de los puestos americanos más adelantados y se escuchaban sonidos. Los tres compañeros del centinela lo escucharon y el pequeño grupo de marines cogió sus armas y se preparó. Aquellos ruidos no eran normales y las bromas habían cesado repentinamente, ante una creciente certeza de que estaba ocurriendo algo inusual.

            La confirmación de que estaban siendo atacados se produjo cuando la ametralladora abrió fuego al tiempo que sus operarios gritaban advirtiendo a los demás. Los cuatro marines se dispusieron a combatir y, tumbados en la pequeña elevación, apuntaban con sus fusiles por encima de ella. Pronto fueron capaces de ver a un enemigo que, tras arrasar con los primeros defensores, ya no se escondía. Un oficial japonés corría con una katana en la mano seguido de un puñado de hombres con las bayonetas caladas. ¡Banzai! ¡Banzai! Repetían una y otra vez la misma palabra al tiempo que cargaban.

            Con manos temblorosas por la tensión y la sorpresa, los cuatro soldados estadounidenses empezaron a disparar como ya hacían sus compañeros de alrededor. Para el centinela, aquellos ataques suicidas de los japoneses eran algo tan desagradable que apenas podía controlar su nerviosismo mientras trataba de repelerlos. Se había enfrentado ya a varios y cada vez le resultaban más terribles. Le resultaba espeluznante que los japoneses prefirieran morir en ataques imposibles antes que rendirse. Para él era incomprensible que aquellas cargas sin sentido tuvieran lugar, puesto que lo único que producían era una gran pérdida de vidas sin objetivo alguno.

            Pese a todo, disparó su Garand contra las figuras que, bien visibles gracias a que se movían a contraluz, eran blancos perfectos. Escuchaba los disparos de sus compañeros y él apretó el gatillo hasta que escuchó el característico sonido metálica del fusil que indicaba que la munición se había agotado. Introdujo otro peine en el cargador sin dejar de mirar a los japoneses que iban cayendo. El fuego de fusil estadounidense y la ametralladora estaban barriendo al pequeño grupo de soldados nipones, pero el oficial todavía resistía agitando con rabia su sable.

            Cada vez más cerca, el centinela podía reconocer ya los rostros de sus enemigos y sus disparos se hicieron menos precisos por culpa del miedo. Temía tener que llegar al cuerpo a cuerpo. Sus balas se perdieron en la noche. Un soldado japonés que ya saltaba sobre ellos con la bayoneta apuntando hacia sus corazones fue derribado por uno de los marines que, en un forzado gesto, logró disparar su fusil y dar en el blanco. Cuando el nipón cayó cerca del centinela, uno de sus compañeros disparó tres balas sobre el cuerpo que yacía en el suelo para asegurarse de que no volvería a levantarse.

            Solo, como si únicamente él fuera capaz de repelar las balas, el oficial japonés siguió adelante gritando y agitando su sable. Animaba a hombres muertos, pero seguía combatiendo. Pese a lo horrible de la escena, el centinela no pudo evitar sentir admiración por aquel hombre que, en contra de la realidad, seguía luchando sin rendirse, sin dejarse doblegar.

Tomó aire al tiempo que alzaba su fusil. ¡Banzai! Escuchó una vez más. Apuntó con su arma y disparó. La bala atravesó el pecho del japonés y le hizo caer al suelo. Se hizo el silencio. A gatas, sin soltar el sable, el oficial siguió avanzando mientras murmuraba frases ininteligibles. Llevaba una badana con el símbolo del sol naciente atada alrededor de la cabeza. De nuevo, el marine apuntó con cuidado y disparó. La bala atravesó la cabeza del japonés y su cuerpo cayó al suelo, donde se quedó completamente inmóvil. La calma, poco a poco, fue de nuevo adueñándose del lugar y, para sorpresa del centinela, todavía afectado por la inesperada lucha, alguien volvió a tararear una alegre cancioncilla.

by

El segundo sitio de Zaragoza

No comments yet

Categories: Relatos Breves, Tags: , , ,

L'attaque_de_Saragosse

Llevaban dos noches prácticamente sin dormir. En el salón de la casa destruida resistían tres combatientes, uno de ellos con una brecha en la cabeza que habían tratado de taponar, sin éxito, con un tosco vendaje. El mayor de ellos, de cerca de cuarenta años, era un rudo campesino que se había ofrecido voluntario para defender Zaragoza ante la inminencia de un segundo asalto francés. Procedía de una localidad del valle del Jalón. El herido, que a veces perdía incluso la noción de la realidad a causa del golpe recibido en la cabeza, era un soldado de infantería del ejército. Su raído uniforme daba prueba de ello. Por último, junto a ellos se encontraba José Alfaro, un zaragozano de poco más de 20 años y de cierto nivel económico y cultural. Sobre sus antaño elegantes ropas civiles, ya desgastadas por la lucha y malamente remendadas, llevaba un correaje de cuero blanco del ejército francés del que colgaba la bolsa de las municiones. Ninguno de ellos había probado bocado desde hacía dos días y, además, el campesino tenía un poco de fiebre. Era probable que hubiera enfermado, como tantas otras personas en la ciudad. En sus cantimploras el agua estaba ya casi terminada.

            Tras duros combates, las fuerzas francesas habían conseguido penetrar en la ciudad por la puerta Quemada y tomado la calle del mismo nombre, donde tuvieron lugar feroces enfrentamientos. Sin embargo, seguían los combates en el barrio de la Magdalena y en torno a la calle del Coso, centro neurálgico de la capital aragonesa. Muy cerca, en una casa de una callejuela perpendicular, resistían José Alfaro y sus dos compañeros.

El campesino rebuscaba cartuchos en una bolsa de cuero que llevaba colgada. No dejaba de mirar en dirección a la calle desde la ventana en la que estaba apostado al tiempo que recargaba su mosquete. Se escuchaban disparos por todas partes y, de cuando en cuando, poderosas explosiones. Los franceses estaban volando edificios enteros para acabar con la resistencia zaragozana.

Con un movimiento veloz y seguro, el soldado herido asomó el cañón de su mosquete por el destrozado hueco de la ventana y disparó, retirándose luego para recargar su arma. Alfaro se asomó con cuidado. Infantes franceses, con sus uniformes azules, avanzaban por la calle resguardándose. Sobre ellos caían todo tipo de objetos lanzados desde las casas y las balas rebotaban contra el suelo o las paredes de los edificios. Los galos respondían al fuego y grupos de ellos penetraban en las casas para despejarlas y facilitar el paso a sus compañeros. Algunos yacían en el suelo muertos o heridos y se escuchaban los gritos de los zaragozanos que les estaban combatiendo.

Una vez más, Alfaro, tenso por la intensidad de los combates y por el irrefrenable empuje de las fuerzas francesas, asomó su arma y, apuntando a un soldado enemigo, abrió fuego. Pudo ver cómo el francés caía al suelo y se sujetaba el brazo derecho dando alaridos. Se retiró al tiempo que varios proyectiles entraban por la ventana e impactaban en el techo de la vivienda, haciendo que sobre él cayera una nube de polvo de yeso.

Los tres hombres apenas se dirigían palabra. Estaban totalmente concentrados en buscar objetivos, disparar y recargar sus armas. Con horror, Alfaro descubrió que apenas le quedaban unos cinco cartuchos, pero prefirió no decir nada para que el ánimo de sus compañeros no decayera. El campesino, apoyando la espalda contra la pared, palpó la vaina del cuchillo que tenía colgado en la cintura. Sabía que pronto tendría que usarlo.

Unos gritos desesperados hicieron que Alfaro se asomara con cuidado. Una joven salió corriendo de un portal con un cuchillo en la mano y, antes de que nadie tuviera tiempo de reaccionar, un soldado francés caía al suelo con un profundo corte en el cuello del que salía la sangre a borbotones. La joven trató de abalanzarse sobre otro enemigo, pero murió atravesada por las bayonetas de los furiosos compañeros del soldado al que había matado.

Al ver la escena, el soldado herido no pudo reprimir su rabia y disparó sobre el grupo de franceses que ya estaban a los pies de la casa en la que se resguardaban. Sin descanso, olvidando su propia seguridad, recargaba su arma y seguía disparando. Alfaro le gritó para que se pusiera a cubierto y el campesino trató de echarlo a un lado tirando de su brazo, pero un proyectil francés le atravesó la cabeza antes de que volviera a entrar en razón. Su cuerpo cayó de espaldas mientras la sangre salía del cráneo destrozado y formaba un tétrico charco

Alfaro había visto morir ya a demasiados amigos y compañeros como para que la escena le afectara demasiado. El campesino negó con la cabeza con resignación y luego le dio sus cartuchos al joven y se dirigió a la escalera con la bayoneta calada en su mosquete. Mientras uno disparaba desde la ventana el otro trataría de contener a los franceses en los angostos peldaños que daban acceso a la planta superior de la casa.

Las balas francesas no dejaban de impactar contra la vivienda y Alfaro, con el corazón desbocado, sentía cómo sus manos temblaban mientras trataba torpemente de recargar su arma. Se estremeció al escuchar otra explosión, bastante más cercana que las anteriores. Tomó aire con la espalda apoyada en la pared y luego, tras lanzar un rápido vistazo al cadáver de su compañero, se asomó por la ventana y disparó. No supo si había alcanzado a algún enemigo, puesto que se retiró velozmente de la ventana.

Sus manos se crisparon en torno al mosquete cuando escuchó golpes de hacha en la puerta. Oyó la voz del campesino desafiando a los soldados que pronto entrarían. Alfaro cerró los ojos. Sabía que su muerte estaba cerca. Hasta ahora podía haber caído combatiendo, pero siempre había tenido escapatoria. Sin embargo, ahora ya no había nada que hacer. Los franceses, tras la dura resistencia, no tendrían piedad. La cercanía del final, que antes se le antojaba como algo glorioso y épico, le resultaba altamente aterradora en aquel momento.

Una vez más, asomó su mosquete por el hueco y disparó. En esta ocasión sí que pudo ver cómo el proyectil derribaba a un infante francés que corría cruzando la calle. Mientras rebuscaba otro cartucho en la bolsa de cuero, sintió un escalofrío al escuchar cómo la puerta principal cedía. Los gritos de los enemigos se escuchaban ya en las escaleras y un sonido metálico evidenciaba que las bayonetas estaban chocando. Un francés chilló cuando el arma del campesino le atravesó el muslo. Alfaro sabía que el tiempo se acababa. Disparó un nuevo proyectil y recargó su arma con el último cartucho que le quedaba. Luego apuntó hacia la puerta. El sonido de pasos se acercaba. El campesino ya había caído y el joven era el último que todavía resistía. El fuego de mosquetería arreciaba en las proximidades. Se combatía con fiereza en las calles próximas. Otra explosión hizo que el suelo se moviera levemente.

Sus manos temblaban, lo que provocaba que sucediera lo mismo con el cañón de su arma. Frente a él apareció el primer soldado francés. Había perdido el sombrero en la refriega y llevaba un corte en la frente del que salía un reguero de sangre que le recorría el rostro. Alfaro apretó el gatillo y la bala impactó contra el brazo derecho del militar, que retrocedió. Dos de sus compañeros entraron en la estancia gritando. Uno de ellos agarraba su mosquete con las dos manos y el otro esgrimía un largo cuchillo. El aragonés se abalanzó sobre ellos utilizando la culata de su mosquete como arma.

Todavía tuvo tiempo de golpear a uno de sus enemigos y derribarlo. Luego, mientras gritaba con rabia y volvía a alzar su mosquete, una bayoneta se clavó entre sus costillas. Le faltó el aire y, mientras miraba la sangrante herida, una nueva arremetida del soldado francés terminó por derribarle. Entre estertores, el joven zaragozano musitó unas palabras que nadie escuchó y luego, mientras la guerra seguía arrasando la ciudad, su llama se apagó para siempre.

by

La infantería francesa resiste la ofensiva alemana en Verdún

No comments yet

Categories: Relatos Breves, Tags: , , , , ,

verdun

Anatole Toudic era cartero antes de la guerra. Vivía en una pequeña localidad del sur de Francia junto a su esposa y sus dos hijos pequeños. Era una población apacible y con un clima muy agradable. Le gustaba pasear por las calles repartiendo el correo y charlando animadamente con los vecinos, que le tenían mucho aprecio. Allí era un personaje respetado. Cuando tenía tiempo le gustaba reunirse con varios amigos a jugar a las cartas, charlar y tomar un buen vino.

            Ahora se ajustaba su abollado casco mientras una lluvia gélida caía sobre él. Sus hombres se apelotonaban junto a las escaleras apoyadas en el talud de la embarrada trinchera. Los uniformes azul horizonte estaban llenos de suciedad y el agua que los empapaba les confería una tonalidad mucho más oscura. El teniente Toudic miró los rostros de sus soldados. Tensos, cargados de miedo, los soldados se preparaban para salir de la trinchera y lanzar un contraataque para frenar el avance de los alemanes. El general Pétain había tomado el mando recientemente y su prioridad era retrasar a los alemanes en su, hasta el momento, exitosa ofensiva. Verdún no podía caer.

            Miró el reloj una vez más y tamborileó con sus dedos sobre la funda de cuero de su revólver. Tomaba aire a bocanadas, y era incapaz de controlar sus nervios. Algunos de los soldados clavaban cartas con bayonetas en los sacos terreros, mientras que otros aguardaban el momento con los ojos cerrados, preparándose para afrontar el combate. La mayoría de ellos llevaban poblados bigotes, lo que les daba un aspecto más fiero. Toudic se acarició el suyo instintivamente y luego se pasó la mano por el rostro. Al levantar la vista pudo ver el cielo cubierto de oscuras nubes que descargaban todo el agua sobre sus cabezas.

            Un proyectil alemán explotó en tierra de nadie a no mucha distancia del parapeto. Todos se agacharon involuntariamente en un movimiento de supervivencia. El teniente sintió que el sonido de aquella explosión se clavaba en sus oídos. Se escuchaban ráfagas de ametralladora. Bajó la cabeza. Los germanos estaban esperándoles y muchos de sus hombres iban a morir en tierra de nadie. Echó un vistazo a la trinchera. La posición que defendían era una construcción temporal de mala calidad. Había sido excavada unos días atrás por las fuerzas francesas para tratar de mantener la posición. Si la artillería enemiga lanzaba un fuerte ataque sobre ella, acabaría enterrándolos a todos. Allí permanecerían para siempre, en un mundo de barro y muerte. El teniente sonrió con ironía. Enseguida saldrían de aquel agujero, de modo que lo que pasara con él ya no tenía importancia.

            Varios obuses de la artillería francesa sobrevolaron el campo de batalla con un aterrador siseo y estallaron con gran fuerza en el sector ocupado por los alemanes. Toudic vio que sus soldados se pasaban varias cantimploras y botellas. Los recipientes pasaban de mano en mano y cada uno de los hombres le daba uno o dos tragos. Al final, una botella a medias acabó entre los dedos del teniente. La miró con desgana y luego bebió de ella. Un líquido de mal sabor le recorrió la garganta como si fuera una llamarada. Hizo una mueca y luego pasó la botella a otro.

            Sintió un empujón y al volverse vio el rostro compungido de un joven que le pedía disculpas. Con los nervios, había tropezado mientras cargaba su Lebel y había chocado contra el teniente. Anatole le sonrió, cogió el fusil de manos del soldado y las balas que se le habían caído al suelo. Las introdujo en el depósito tubular, accionó el cerrojo y le devolvió el arma lista. Le dio una palmada de ánimo en la espalda al joven y luego volvió a situarse junto a la escalinata.

            Al mirar de nuevo el reloj de pulsera se dio cuenta de que sus manos temblaban y de que todo su cuerpo se estremecía cada vez que había una explosión en la zona. Se pasó la mano por la cara y clavó su vista en las agujas que marcaban la hora. Las gotas de lluvia que caían sobre el cristal protector y resbalaban hacían que la imagen fuese poco nítida, pero reconocible a fin de cuentas. Cuando apenas faltaba un minuto tomó una gran bocanada de aire, se llevó el silbato a la boca y desenfundó su revólver. La saeta de los segundos avanzaba implacable y, de pronto, un silbato sonó. Algún oficial impaciente se había adelantado, de modo que Toudic se vio obligado a hacer lo propio. Tras hacer sonar el silbato lo dejó caer, puesto que iba atado con un cordel y agitando la mano derecha con el revólver, agarró la escalinata de madera con la izquierda y empezó a trepar.

–           Allez les hommes! – gritó al tiempo que salía de la trinchera.

Comenzó entonces una carga desesperada por un terreno irregular, lleno de cráteres y de restos de material militar. También había cadáveres dispersos que se pudrían a la intemperie. Algunos de los soldados gritaban, otros corrían agarrando su fusil como si fuera a ser su salvación y otros se lanzaban decididos a aniquilar a todo alemán que se cruzara en su camino.

Anatole Toudic pasó por entre las destartaladas alambradas que defendían la trinchera francesa. Habían sido colocadas con prisa un par de noches atrás en medio de un brutal bombardeo artillero. Algunos de sus hombres se enredaron en ellas y maldecían al tiempo que trataban de zafarse. Otros se arrodillaban cuando un proyectil explotaba en tierra de nadie o cuando escuchaban el siseo de los obuses al cruzar el cielo.

La lluvia arreció y, en medio del barro, los franceses avanzaban lo más deprisa que podían. El teniente se lanzó al suelo tras una pequeña elevación a la espera de que llegaran más de sus soldados y gritó animándoles a seguir. Entonces fue cuando empezaron a sonar los disparos procedentes de las posiciones enemigas. Toudic pudo ver cómo un veterano con un imponente mostacho caía de espaldas derribado por una ráfaga que le impactó en el pecho. Unos metros más lejos, la metralla de un proyectil de mortero le arrancó las piernas a un joven.

El teniente giró la cabeza bruscamente ante el desagradable espectáculo y, con el corazón acelerado, volvió a ponerse en pie y a correr para salir de aquel lugar. Varias balas silbaron a su alrededor y un trozo de barro removido por una explosión chocó contra su casco. El impacto le desestabilizó y cayó al suelo. Se quedó unos segundos allí hasta que, lentamente, volvió a incorporarse. El fuego alemán cada vez era más intenso y venía apoyado por morteros, lo cual estaba haciendo que se produjera una auténtica masacre entre los atacantes. Toudic se sentía impotente, incapaz de evitar que los hombres bajo su mando murieran en aquel barrizal.

Un pequeño grupo de franceses, apelotonaos por el instinto gregario de supervivencia, fue barrido por el fuego de ametralladora y fusil y sus cuerpos quedaron tendidos en un puñado de metros cuadrados. Anatole apretó los dientes y se lanzó una vez más a una carrera hacia las líneas enemigas. Podía ver a soldados alemanes asomados por encima del parapeto y algunos franceses, rodilla en tierra, abrían fuego intentando vengar la muerte de sus camaradas. Al menos un alemán cayó atravesado por sus balas.

En medio del caos, Toudic era incapaz de apartar los ojos de los heridos que gritaban de dolor y pedían ayuda. Uno de ellos, un joven con parte del rostro quemado, le tendía una temblorosa mano y le suplicaba que le ayudara con voz lastimera. Con gran pesar, el teniente se vio obligado a pasar de largo, encorvado, tratando de ofrecer un blanco más difícil. A su lado corría un combatiente veterano, un sargento al que tenía como mano derecha y que había estado en combate desde que todo comenzó en el lejano año 1914. Anatole se estremeció cuando sintió que gotas cálidas caían sobre su rostro y giró la cabeza. En el suelo, con el cráneo destrozado, yacía el sargento que estaba a su lado segundos antes.

Perdió el control y empezó a disparar su revólver contra los alemanes al tiempo que les gritaba todo tipo de improperios. Un pequeño chorro de agua le resbalaba por el casco y caía por un lateral de la rígida visera. El tableteo de la ametralladora más cercana le hizo recuperar la cordura y, tras correr unos metros, volvió a dejarse caer en el cráter de un obús que le ofrecía cierta cobertura. Allí, con las manos llenas de barro, sacó del interior de su guerrera un pequeño portafotos metálico. Lo abrió y pudo ver a su esposa. Le dio un beso antes de volver a guardar el retrato. Tomó aire de nuevo mirando el suelo y luego alzó la vista al cielo para detenerse unos segundos contemplando las gotas de lluvia.

Salió de su refugio al tiempo que varios proyectiles de mortero estallaban en tierra de nadie matando o hiriendo a un puñado de franceses. Toudic recogió del suelo un fusil y, con una rodilla clavada en el suelo, apuntó hacia el parapeto alemán. Disparó, accionó el mecanismo de cerrojo, apuntó y volvió a disparar. Soldados con uniformes azul celeste empapados le adelantaron por los dos lados y él, tras lanzar varios gritos de ánimo, se incorporó y corrió varios pasos. La trinchera alemana estaba muy cerca.

No supo explicar lo que pasó a continuación. Puede que por la dureza del momento, por un golpe recibido en la cabeza o por los nervios, todo aquello se hubiera borrado de su mente. Lo único seguro es que estaban en la posición alemana, la habían capturado y a su alrededor había una veintena de germanos muertos y un puñado de ellos desarmados y custodiados en un rincón. Anatole se palpó la cabeza y al retirar la mano pudo ver que la llevaba bañada en sangre. Tenía un profundo corte en la frente y, ahora sí, recordó cómo tras abatir a dos enemigos con la culata del fusil, una pala le había impactado en la cabeza arrancándole el casco. Había perdido el sentido y, todavía aturdido, miró a su alrededor una vez más.

Aquel lugar no era más que un agujero lleno de charcos que los alemanes habían agrandado ligeramente para poder resistir. Eran muy pocos, sin duda fuerzas de una de las unidades de cabeza que estaban completamente desgastadas y esperaban refuerzos. Su misión era no perder el terreno ganado y, al parecer, lo habían logrado. La compañía en la que estaba el teniente había capturada una insignificante posición, pero el resto de fuerzas francesas se replegaban hacia sus líneas tras ser rechazadas por los alemanes. Toudic vio que la mayor parte de sus hombres estaban muertos o heridos y supo que, pronto, los alemanes enviarían fuerzas de reserva para seguir con la ofensiva. No podrían resistir allí, estaban demasiado expuestos. Tendrían que retirarse como habían hecho los demás.

El teniente respiró aliviado cuando un capitán que llevaba un ensangrentado vendaje en la cabeza le ordenó prepararse para regresar a sus posiciones. Su única posibilidad era resistir en sus líneas hasta que llegaran refuerzos para hacer frente a la siguiente embestida germana. Aquella noche, entre sueños intranquilos y con el cuerpo helado por la lluvia constante, el teniente Toudic comprendió que aquella batalla iba a ser muy larga.

Imagen original de abac077, en Flickr, https://goo.gl/oFDfpw

by

La campaña napoleónica de Rusia

No comments yet

Categories: Relatos Breves, Tags: , , , ,

Napoleons_retreat_from_moscow

Jean Baptiste Dubois y Adam Roux eran amigos desde la infancia. Habían crecido juntos haciendo travesuras en una pequeña localidad de Normandía. Se alistaron juntos en el Gran Ejército del emperador Napoleón y ahora sólo se tenían el uno al otro en medio de una estepa congelada. Estaban sentados junto a un pequeño fuego para tratar de calentarse. Se arrebujaban en sus ropajes y en todas las prendas que habían podido encontrar. Sus pies estaban envueltos en tela y el hielo se había adherido a ella, haciendo que pareciera que caminaban sobre grandes y ridículos zapatos. Ahora trataban de calentar al fuego un poco de carne que habían conseguido de la bolsa que portaba un cosaco muerto al que sus compañeros parecían haber abandonado.

            Dos días atrás, Antoine, un granadero marsellés que marchaba con ellos, había muerto. Lo descubrieron por la mañana, cuando al ir a despertarlo comprobaron que no respiraba. Su cadáver se había congelado y se vieron obligados a dejarlo allí, sin fuerzas ya para enterrarlo. Los demás se habían dispersado tras un ataque de un grupo de jinetes cosacos. Jean Baptiste sabía que lo más probable es que no volvieran a encontrarse con compañeros y no tenía demasiadas esperanzas de cara al futuro, pero no quería desanimar a Adam. Sabía que a su amigo le quedaba poco tiempo. Apenas se sostenía en pie y le costaba mucho esfuerzo ingerir los escasos alimentos con los que se hacían. Sin embargo Adam seguía luchando. Había sido padre de una niña durante la campaña de Rusia y quería volver a casa para conocerla. Todavía guardaba la carta en la que su esposa le notifica el nacimiento como si fuese una reliquia.

            Volvieron a ponerse en pie y caminaron torpemente sobre la nieve que lo cubría todo. Jean Baptiste vio que su amigo no podía más y le ayudó a seguir adelante pasando un brazo por su cintura para que, al menos, tuviese algo más de equilibrio. Trató de darle ánimos al tiempo que le hablaba de su hija recién nacida y de las ganas que tenía de que le presentara a la pequeña. Adam reía, todavía no consciente de la realidad, como si sus sueños y deseos le hubieran nublado la razón y no fuera capaz de darse cuenta de que nunca regresaría. Sus horas estaban contadas.

Jean Baptiste se detuvo y arrojó al suelo su mosquete. Era un peso innecesario ya que el arma estaba en pésimas condiciones y él no era capaz de utilizarla. Algunos de sus dedos estaban negros y otros le dolían tanto que no creía que pudiera utilizarlos. Luego cargó con el peso de su amigo para ayudarle a caminar. Cada paso era una tortura pero apretó los dientes y trató de seguir manteniendo una alegre conversación.

Cerca de media hora después encontraron en medio de la pradera helada un carromato del ejército francés. Un cañón se hundía en la nieve a pocos pasos de su cureña de madera, que estaba volcada. Cerca reposaban los cuerpos de tres artilleros y un coracero. Por su lastimoso estado, era probable que ni siquiera hubieran intentado combatir a sus atacantes. Los cadáveres congelados de un jinete ruso y su montura evidenciaron lo contrario. Decidieron explorar aquel lugar para ver si encontraban algo de comida o herramientas con las que poder seguir luchando por sobrevivir.

Torpemente, con un intenso dolor en todo su cuerpo y respirando entrecortadamente por culpa de los temblores, Jean Baptiste examinó los restos. No había nada de interés allí y los ropajes de los cadáveres estaban tan congelados que no era sencillo manipularlos. Alguien se había llevado la escasa comida y las municiones, así como las armas que todavía estaban en condiciones de ser usadas. Suspiró con resignación. Hacía tiempo que no tenían ni una sola alegría y sus ánimos estaban por los suelos. Incluso un pedazo de embutido congelado habría sido una pequeña victoria en aquella batalla, pero ni siquiera eso conseguían.

Había perdido de vista a Adam. Sin duda estaría detrás del carromato. Las telas rotas del vehículo se movían ligeramente agitadas por el viento. Caminó con una mano apoyada en el lateral de madera y se detuvo  a tomar aire. Estaba extenuado, sus pies se encontraban en pésimas condiciones y le dolían terriblemente. Se mordió los labios con fuerza para no gritar y luego, respirando ajetreadamente por los pinchazos que le recorrían las piernas, siguió andando hacia donde debería estar su amigo. Se puso nervioso cuando no lo encontró y le llamó a gritos. No obtuvo respuesta alguna.

Miró a su alrededor y vio, a unos metros de él, a Adam desplomado en la nieve. Se acercó corriendo como pudo y se arrodilló junto a él, musitándole palabras de ánimo. Cogió a su amigo en brazos y pudo ver que no respiraba. El agotamiento, el hambre y le frío había acabado con él, cuando ni soldados rusos ni cosacos lo habían conseguido en los combates. Jean Baptiste, aunque era consciente de que ese momento iba a llegar de forma inminente, lloró amargas lágrimas sobre el cadáver de su amigo. Luego, todavía más abatido que antes, empezó a caminar en solitario.

Durante varias horas siguió adelante sin detenerse, hasta que el dolor le obligó a realizar una pausa. Miró a su alrededor y vio un paisaje eterno en el que no había más que nieve y desolación. La estepa no parecía tener fin. Había rebasado hacía tiempo el límite de su capacidad de resistencia y la pérdida de su amigo había destrozado sus ya débiles ánimos. Se dejó caer sobre la nieve, derrotado. Se quedó allí, con la mirada perdida, hasta que el frío terminó por llevárselo también a él.

1 2 3 4 5